Evangelio para Hoy

Evangelio del 29 de abril de 2026

Memoria de Santa Catalina de Siena, virgin y doctora de la Iglesia

Evangelio del 29 abril 2026 — Juan 12, 44-50 (ilustración)
Juan 12, 44-50

Primera Lectura

Lectura Hechos 12, 24–13, 5

Primera lectura de hoy 29 abril 2026 — Hechos 12, 24–13, 5 (ilustración)

En aquel tiempo, la palabra del Señor cundía y se propagaba. Cumplida su misión en Jerusalén, Saulo y Bernabé regresaron a Antioquía, llevando consigo a Juan Marcos.
Había en la comunidad cristiana de Antioquía algunos profetas y maestros, como Bernabé, Simón (apodado el “Negro”), Lucio el de Cirene, Manahén (que se crió junto con el tetrarca Herodes) y Saulo. Un día estaban ellos ayunando y dando culto al Señor, y el Espíritu Santo les dijo: “Resérvenme a Saulo y a Bernabé para la misión que les tengo destinada”. Todos volvieron a ayunar y a orar; después les impusieron las manos y los despidieron.
Así, enviados por el Espíritu Santo, Saulo y Bernabé fueron a Seleucia y zarparon para Chipre. Al llegar a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Salmo responsorial — Salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8

R. (4)Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Aleluya.

Ten piedad de nosotros y bendícenos; vuelve, Señor, tus ojos a nosotros. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora.

R. Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Aleluya.

Las naciones con júbilo te canten, porque juzgas al mundo con justicia; con equidad tú juzgas a los pueblos y riges en la tierra a las naciones.

R. Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Aleluya.

Que te alaben, Señor, todos los pueblos, que los pueblos te aclamen todos juntos. Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero.

R. Que te alaben, Señor, todos los pueblos. Aleluya.

Aclamación antes del Evangelio

Juan 8, 12

R. Aleluya, aleluya.

Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida.

R. Aleluya.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según Juan 12, 44-50

En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.
Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.
El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna. Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho’’.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión del Padre Jose Miguel

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, en este día en que la Iglesia celebra la memoria de Santa Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia, nuestras lecturas nos invitan a profundizar en la naturaleza de la luz divina, la misión de la Palabra y la profunda responsabilidad de nuestra fe. Contemplamos en el Evangelio a Jesús, la luz del mundo, que nos revela al Padre, y en la primera lectura, a la Iglesia primitiva, que, guiada por el Espíritu Santo, se convierte en la extensión de esa misma luz y misión salvadora.

El Evangelio de Juan nos presenta a Jesús exclamando con voz potente, una voz que resuena a través de los siglos hasta nuestros corazones: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado.” Aquí, Jesús nos invita a trascender lo meramente humano y a reconocer en Él la presencia misma de Dios Padre. No es una cuestión de mera admiración por un profeta, sino de una adhesión de fe a Aquel que es la imagen perfecta del invisible Dios. Ver a Jesús es ver el rostro del Padre, escuchar a Jesús es escuchar la voz del Padre. Su mensaje no es propio, sino el eco fiel y viviente de la voluntad divina. En cada palabra, en cada gesto, en cada milagro de Jesús, el Padre se nos está revelando.

Y Jesús lo enfatiza con una claridad meridiana: “Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.” La imagen de la luz es fundamental en San Juan. Jesús no solo trae la luz; Él es la luz. Una luz que disipa las sombras de la ignorancia, del pecado, del miedo, de la desesperación. ¿Cuáles son las tinieblas que aún se ciernen sobre nuestras vidas, sobre nuestras familias, sobre nuestra sociedad? Quizás la confusión, el relativismo moral, la soledad, la ansiedad por el futuro, la esclavitud de viejos hábitos. Jesús viene para iluminar cada rincón oscuro, para mostrarnos el camino, la verdad y la vida. Su presencia es una invitación constante a salir de la ceguera y abrazar la plenitud de la visión divina.

Esta luz no viene a condenar, sino a salvar. “Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.” ¡Qué consuelo y qué verdad tan liberadora! Jesús no es un juez implacable que busca la falta, sino un Salvador que anhela la vida de cada uno de nosotros. Sin embargo, Él también nos advierte sobre la seriedad de nuestra elección. La condena no viene de Él, sino de nuestro propio rechazo a la luz. Si cerramos los ojos voluntariamente ante su resplandor, si nos negamos a aceptar sus palabras de vida eterna, somos nosotros quienes nos apartamos de la salvación que Él generosamente ofrece. Sus palabras, que son vida, se convierten en testigo de nuestra elección en el último día. Este es el gran drama de la libertad humana: la capacidad de elegir la luz o de aferrarse a las tinieblas.

Ahora, miremos la primera lectura, la de los Hechos de los Apóstoles. Vemos la continuidad de esta misión de luz y salvación. Después de que Jesús ha ascendido, la “palabra del Señor cundía y se propagaba” a través de sus discípulos. El Espíritu Santo, prometido por Jesús, es el motor de esta expansión. En Antioquía, una comunidad vibrante de fe, profetas y maestros estaban “ayunando y dando culto al Señor.” ¡Qué imagen tan poderosa! No estaban simplemente sentados, sino en profunda comunión con Dios, en discernimiento. Y en medio de esa oración y ayuno, el Espíritu Santo habla claro: “Resérvenme a Saulo y a Bernabé para la misión que les tengo destinada.”

Aquí vemos la Iglesia en acción, no por iniciativa humana, sino por obediencia al Espíritu. La misión de Saulo (Pablo) y Bernabé es una extensión directa de la misión de Jesús. Ellos son enviados para llevar la luz de Cristo a las naciones, para que más personas no sigan en tinieblas. La imposición de manos es un signo de la autoridad que se les confiere y de la gracia que los acompaña. Son “enviados por el Espíritu Santo” a Seleucia y Chipre, llevando la Palabra de Dios. Esta Palabra que ellos proclaman es la misma que Jesús pronunció, la misma que es “vida eterna”.

La conexión entre el Evangelio y los Hechos es profunda. Jesús es la fuente de la luz y de la Palabra; los apóstoles, llenos del Espíritu Santo, son los canales por los que esa luz y Palabra se propagan. Y en este día de Santa Catalina de Siena, vemos un ejemplo viviente de esta continuidad. Catalina no fue apóstol en el sentido bíblico, pero fue una mujer incendiada por la misma luz de Cristo. Ella, como Saulo y Bernabé, fue “enviada” por el Espíritu, no a tierras lejanas, sino al corazón de la Iglesia de su tiempo. Con su ardiente amor por Cristo, su profunda vida de oración y su inquebrantable fe, se convirtió en una voz profética, llamando a la Iglesia a la reforma, a los papas a su deber, y a todos a la verdad y al amor. Ella no dudó en hablar, porque sabía que no hablaba por cuenta propia, sino que el Padre la había mandado a decir lo que era vida eterna para la Iglesia. Su vida fue un testimonio de que el mandamiento de Dios “es vida eterna”, y ella lo vivió con una pasión desbordante.

¿Y nosotros, hermanos? ¿Cómo se aplica todo esto a nuestra vida cotidiana en este 29 de abril de 2026? Primero, somos llamados a recibir la luz. ¿Estamos abiertos a que Jesús ilumine nuestras tinieblas personales? ¿O preferimos la comodidad de la oscuridad, de nuestras excusas, de nuestros viejos resentimientos o miedos? Escuchar las palabras de Jesús, meditarlas, comulgar con Él en la Eucaristía, confesarnos cuando nos hemos alejado de la luz, son formas concretas de permitir que Él sea la luz de nuestra vida y nos saque de cualquier tiniebla.

Segundo, somos llamados a la misión. Como Saulo y Bernabé, como Santa Catalina, cada uno de nosotros es “enviado por el Espíritu Santo” en nuestro propio contexto. No necesitamos ir a tierras lejanas, aunque algunos sean llamados a ello. Nuestro campo de misión es nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra comunidad, nuestros amigos y vecinos. ¿Cómo podemos hacer que “la palabra del Señor cunda y se propague” a través de nuestro testimonio de vida? ¿Cómo reflejamos la luz de Cristo en un mundo que a menudo prefiere la sombra? Esto significa vivir con integridad, amar sin condiciones, perdonar de corazón, ser voz de esperanza en la desesperación. Significa estar en comunión con el Señor a través del ayuno y la oración, como la comunidad de Antioquía, para poder discernir a dónde nos envía el Espíritu, qué palabras debemos pronunciar, qué acciones debemos emprender.

Finalmente, somos invitados a la conversión continua. La fe no es una casilla que se marca una vez, sino una relación viva y dinámica. Cada día tenemos la oportunidad de renovar nuestra elección por la luz, de aceptar las palabras de Jesús como vida eterna y de rechazar todo aquello que nos aparta de Él. Hoy, la voz potente de Jesús sigue resonando, invitándonos a creer en Él, a verlo como el rostro del Padre, a salir de toda tiniebla y a participar activamente en su misión salvadora. Que la intercesión de Santa Catalina de Siena nos inspire a vivir con ese mismo celo, esa misma audacia y esa misma profunda fe en el poder transformador de la Palabra de Dios.

Abramos nuestros corazones a esta luz, hermanos y hermanas, y permitamos que nos impulse a ser faros de esperanza en el mundo. Que el Señor nos bendiga y nos guíe siempre.

Oremos: Señor Jesús, Luz del mundo y Palabra de vida eterna, te damos gracias porque has venido a salvarnos y no a condenarnos. Te pedimos que disipes toda tiniebla de nuestras vidas y nos concedas la gracia de creer profundamente en Ti, que eres el rostro del Padre. Envíanos, como a Saulo y Bernabé, como a Santa Catalina, para ser testigos de tu amor y de tu verdad en el mundo, llenos de tu Santo Espíritu. Amén.

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